¿Existe el favoritismo hacia los hijos?

Si le preguntan a los hijos si sus padres prefieren más a uno en particular, casi todos contestan que sí. Si le preguntan a los padres, ellos responderán que los quieren a todos por igual. El problema no es la cantidad de amor, sino que el sentimiento por cada uno de los hijos es distinto y la relación que se establece con cada uno de ellos también es diferente. La personalidad, intereses, carácter o el simple hecho de ocupar un lugar determinado entre el número de hermanos (mayor, menor, el del medio) puede ser la razón por la cual los padres se sienten más apegados o tienen más afinidad con un hijo en especial.

Pero hay padres que demuestran sus preferencias en forma muy obvia y hacen mejores regalos o tratan con más afecto a aquel hijo que los cautiva. Por el contrario, son algo distantes con los demás. Lo grave es que para los hijos que no se sienten preferidos, no es que sus padres tengan mejor relación o más consideración con el otro, sino que a ellos los aman menos.

El mejor

La dificultad es no ser capaz de reconocer las preferencias o las inclinaciones hacia un hijo, con el fin de poder manejar estos sentimientos sin perjudicar a los demás. Es común ver que el hijo preferido es el mejor dotado. Esto quiere decir que los favoritismos van dirigidos a aquel que es más bonito, más inteligente, más simpático o más afectuoso.

Pero es precisamente aquel niño que no es tan bonito, tan amable, tan sobresaliente o tan afectuoso, el que más necesita el apoyo y aprobación de quienes le rodean. Y a la vez es quien menos demostraciones positivas recibe. Es posible que siendo especiales con ese niño le estén dando la dosis de seguridad y afecto que le hace falta para sentirse mejor consigo mismo y ser mejor acogido en su grupo familiar.

Hay preferencias que se originan en factores con los que los niños nada tienen que ver y, por lo tanto, no pueden modificar. Por ejemplo:

  • el niño se parece a alguien que nos desagrada (la suegra, el cuñado).
  • es tímido.
  • no cumple con las expectativas de los padres.
  • llegó en un mal momento para la familia.

No a la negación

Vale la pena que los padres se cuestionen y con honestidad examinen cuál es la razón de su preferencia. Esto les permite darse cuenta que quien necesita su apoyo no es quien goza de mejores atributos, sino precisamente quien no tiene tantas ventajas.

Cuando los padres se empeñan en negar una preferencia, que para todos es evidente, es porque se sienten culpables y suponen que tal actitud es una deformación de su amor. Pero los hijos sí perciben las diferencias que los padres niegan con sus palabras, pero que corroboran con sus actitudes.

Se hace más grave aún cuando, en su afán por disimular su predilección, los padres tratan de justificarse enfatizando las grandes cualidades y virtudes de su preferido. Mientras señalan los defectos o los errores de quienes no lo son. Con estas justificaciones, sin quererlo, les dan a entender a estos últimos que no son suficientemente valiosos como personas y que por esto no merecen tanto afecto.

Tome nota

  • Es normal y humano sentir más atracción hacia un hijo. Pero lo inapropiado es demostrar esa predilección sin cautela, haciendo una clara diferencia entre éste y los otros hijos.
  • Lo importante no es luchar contra un sentimiento innato y difícil de modificar, ni tratar de justificarlo, porque empeora la situación.
  • Lo que se necesita es tomar conciencia de esta “debilidad” y admitirla para poder equilibrar las conductas y evitar las injusticias.
  • No hay por qué sentirse culpable de sentir una afinidad especial por uno de los hijos. Pero sí hay que estar atento a nuestras demostraciones para evitar herir a aquellos que no gozan de tal predilección.
  • Aunque el amor por los hijos no tiene que ser necesariamente igual, sí debe procurar serlo el trato que se les dé, cualquiera que sean sus características personales.

Mismo premio, mismo castigo

Es importante destacar que para evitar que se produzcan diferencias en el trato y relación con los hijos, es necesario considerar que ellos no pidieron nacer y no controlan el momento familiar en que han llegado a formar parte de este grupo. Por lo tanto, todos merecen las mismas oportunidades, atenciones, demostraciones de afecto, premios y castigos. Lo anterior varía según las características individuales y según intereses. Es así como los padres debemos:

  • conocer las individualidades de nuestros hijos y reconocer que los regaloneos son diferentes entre uno y otro, pero a todos se les regalonea.
  • los premios son diferentes, pero a todos se les premia.
  • los castigos son diferentes, pero a todos se les corrige y castiga.

De esta forma, los hijos sentirán que las diferencias que se hacen entre ellos son justas y no se sentirán afectados emocionalmente.

Por: Paula Ramírez, sicóloga. 

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