En un tiempo más habremos olvidado la trágica muerte de Katy Winter y quedarán guardados en la memoria de nuestros celulares los mensajes que han circulado en redes sociales, con profundas reflexiones llamando a los padres y colegios a la acción en estos casos. Volveremos a la normalidad hasta que, por un nuevo caso trágico, se enciendan las alarmas sobre el bullying y maltrato escolar.

¿No será tiempo de ver el problema desde otra perspectiva? No hablemos más de detener el bullying sino más bien de construir una cultura de buen trato. ¿Cómo hacerlo?

Creer

Tener la certeza de que sí se pueden cambiar las dinámicas o culturas que parecen tan arraigadas en las comunidades escolares. Obviamente no es fácil, pero los seres humanos estamos hechos para conectarnos, tenemos un cerebro diseñado para la empatía y el éxito de nuestro desarrollo como especie, se ha debido a la capacidad de colaborar en la búsqueda de soluciones a todos nuestros problemas. Hoy somos conscientes del daño que produce el mal trato escolar, vamos a la raíz del problema y empecemos el cambio.

Tolerancia cero

Nos escandalizamos cuando vemos un caso extremo de bullying, pero somos muy tolerantes con situaciones de mal trato cotidianas: insultos, empujones, burlas, sobre nombres, exclusiones, etc.

Me tocó ver a la salida del colegio de mis hijos, cómo un alumno mayor le pegaba patadas en el suelo a uno bastante más chico, a vista y paciencia de un grupo de alumnos. Me acerqué para detener la situación, y el agresor me dice, “es mi hermano”, no en forma desafiante, sino con la certeza de que esa era una razón absolutamente válida para justificar su comportamiento.

Asimismo, en los colegios, apoderados y profesores, minimizan algunas actitudes diciendo que “son cosas de hombres”, “las niñitas son dramáticas”, “esto siempre ha ocurrido”, etc. O lo que es peor, se busca alguna razón en la víctima, que atenúe la responsabilidad de sus agresores. “Es que igual es bien raro ese niño”, “los papás debieran llevarla a terapia porque es demasiado tímida”, “se auto excluye”, “cómo no hacen algo para que baje de peso”, “igual él molesta”, etc.

Los casos extremos de bullying no ocurren de la noche a la mañana, ni son cosa de una vez. De hecho, el bullying se constituye cuando hay un mal trato sostenido en el tiempo. Tolerancia cero no es castigar duramente a los agresores cuando descubrimos un caso de bullying. Si llegamos a ese punto, significa que pasamos por alto muchísimos actos de violencia desde que empezó el mal trato hasta la situación límite.

Tolerancia cero implica estar atentos y atender de inmediato cualquier situación de violencia, discriminación o mal trato, por muy insignificante que nos parezca. Y no castigando, sino haciendo tomar conciencia del daño, del error, del significado de los propios actos, y tratando de entender qué hay detrás de estas agresiones. Debemos ser muy explícitos en cuanto a qué es mal trato y qué no.

Mirar a los niños y adolescentes

La serie 13 Razones, disponible en Netflix (No apta para menores de 16 años), muestra la enorme distancia qué hay entre los adultos y los adolescentes. Los adultos no son capaces de entender las dificultades que tienen sus alumnos y sus hijos, es como si ellos nunca hubiesen sido adolescentes. Recuerden el peso que tenía la opinión de los pares en esa época. Es una etapa en que los ojos están puestos afuera, buscando un lugar en el mundo. Con mirar me refiero a ir más allá de lo obvio.

Padres y profesores conectados se darán cuenta de la tristeza en los ojos, la soledad del niño que se encierra en la biblioteca todos los recreos, las dinámicas de poder que se dan en un curso, la exclusión, las bromas pesadas, los sobrenombres, etc. También me refiero a mirar sin prejuicios. Existe la creencia de que tanto agresores como víctimas son niños con muchas dificultades, y aunque hay algo de cierto en esto, la evidencia muestra que bajos ciertas circunstancias cualquier niño o niña puede llegar a ser protagonista de una situación de mal trato y de bullying.

Trabajar con los observadores

Tenemos que enseñarles a nuestros hijos que presenciar casos de al trato y no hacer nada, equivale a ser encubridores. Para eso hay que conectarlos con la compasión, pero también que tengan las garantías de que somos adultos que podemos resguardar un ambiente seguro. Como adultos, debemos preguntarnos, por qué estos casos no se denuncian. Es por el temor a ser víctimas también, por no meterse en problemas con los alumnos que tienen el poder. Y esto es consecuencia de que toleramos prácticas de mal trato cotidianas y no miramos con detención lo que ocurre con los niños en las salas, los patios y en nuestras propias casas.

Habilidades

El paso más importante es enseñar habilidades concretas para promover la compasión, la asertividad y la capacidad de aprecio por la diversidad. Esto implica un foco en el aprendizaje socioemocional, que no sólo ayuda a prevenir el bullying, sino que permite construir una cultura de buen trato, donde las conductas compasivas y el respeto son valoradas y no son vistas como signo de debilidad.

Tenemos que aumentar el lenguaje emocional, enseñando a reconocer emociones en uno mismo y en otros. Desarrollar la capacidad de expresar emociones de manera adecuada, sin herir. Ayudarles a reconocer sus propios límites y a expresarlos con firmeza pero sin violencia. Fortalecer la confianza para poder pedir ayuda cuando sea necesario. Que sean capaces de reconocer acciones de mal trato. Enseñarles a ser compasivos consigo mismo, cuando se equivocan o fracasan. Que aprendan a escuchar, favorecer los espacios donde puedan conocer más a sus compañeros y aprecien las características que a cada uno lo hacen diferente. Que sepan reconocer los signos de una amistad verdadera.

Trabajemos para cambios profundos y de largo plazo. Si bien tener reglamentos y protocolos puede ayudar, no cambiará la raíz del problema. Necesitamos enseñar y modelar la compasión, el aprecio y la asertividad.

 

Fuente: Alejandra Ibieta, coach parental. www.talleresama.cl

 

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