Moncho Sabella: un sobreviviente del accidente uruguayo de Los Andes

El viernes 13 de octubre de 1972 un avión que trasladaba a 45 personas, entre ellos, un grupo de rugbistas que venían a jugar a Chile, cayó en la cordillera de los Andes donde permanecieron durante 72 días en condiciones inhumanas. A pesar de los esfuerzos por rescatarlos, las autoridades de la época —considerando las extremas condiciones y escasas posibilidades de sobrevivencia— los dieron por muertos. Mientras, en el lugar del accidente todo era silencio, sufrimiento, miedo, frío, hambre y sed. Y un solo pensamiento compartido: demostrar que estaban vivos.

En Uruguay quedaban sus desesperadas familias, novias, amigos y también los roles que habían desempeñado. Ahora en la montaña tenían que partir de cero, cuidándose entre ellos y enfrentando las penurias de las múltiples heridas físicas y emocionales. Entonces echaron mano a lo poco que tenían y fueron resolviendo con mínimas herramientas los grandes problemas que cada día se les iban presentando durante los más de 2 meses que permanecieron vivos.

Se han escrito libros, realizado numerosos documentales y películas que dan cuenta de lo que pasó en esa montaña. Pero nada reemplaza al testimonio directo de uno de los 16 sobrevivientes. En una reciente visita a Chile que realizó Ramón Sabella para dar una charla a los niños de las Aldeas SOS, tuvimos la gran oportunidad de conversar sobre las habilidades que determinaron su sobrevivencia.

Cuarenta y tres años después de la experiencia que marcó su vida, pero que no la determinó, Moncho Sabella vive en Paraguay, país en el que está radicado debido a sus negocios. Esto lo combina con sus numerosos viajes para dar charlas motivacionales en las que relata el accidente. Pero más que nada se enfoca en decir que no existen los imposibles y que la vida humana es demasiado valiosa.

Moncho, ¿siempre tuviste esta manera positiva y luchadora de ver la vida?

Esto viene de mi crianza; mi padre era un tipo muy solidario y me enseñó a valorar las cosas más pequeñas. Empecé a trabajar en la agricultura desde muy chico, 10-11 años. Me levantaba de madrugada para hacer tareas agrícolas, convivía con la gente del campo y aprendía de ellos. En la montaña, la solidaridad fue muy importante.

¿Qué edad tenías al momento del accidente y qué pasó después con tu vida?

Tenía 21 años y después del rescate me tomé vacaciones durante unos 15 o 20 días. Luego volví a hacer lo que hacía siempre; dejé atrás la historia de Los Andes. Años más tarde, cuando se estrenó la película “Viven” y los demás documentales empezó a reactivarse la historia. Y está cada vez más vigente, porque la gente tiene necesidad de estos relatos en el mundo que vivimos hoy, con pocos valores, poca ética, corrupción y poca solidaridad. La vida humana está muy desvalorizada. Es como si cada día valiera menos. Y nosotros peleamos en la montaña porque la vida es súper valiosa. El accidente fue una historia de mucho sacrificio, sufrimiento y muerte, pero se terminó convirtiendo en una historia de mucha vida.

¿Qué características o habilidades se requieren para enfrentar los problemas?

Son varios puntos. Es fundamental poder valorar las cosas insignificantes. También tener la convicción de que se puede, que no hay imposibles. Es muy importante la creatividad y tener la actitud de enfrentar los problemas y resolverlos. Esa actitud debe estar seguida de la acción. Eso es todo en la vida. Si te entregas, estás perdido.

Nosotros éramos cero aptos para enfrentar la montaña, pero lo hicimos. No nos podíamos quedar inmóviles porque si no, nos deprimíamos y no solucionábamos nada.

También los afectos son muy importantes. Nos dábamos cariño, una sonrisa, hacerse una broma. Había algunas cosas que nos producían gracia de la convivencia diaria.

¿A qué te aferrabas cuando ya creías que no podías aguantar más?

Mi familia era el motor. Pensar en ellos me deprimía y nos producía a todos mucha impotencia, porque sabíamos que estaban sufriendo al darnos por muertos y nosotros estábamos con vida. Quería salir de ahí para apagar el sufrimiento de mi familia. Ese fue el motor de los sobrevivientes para soportar lo que soportamos.

Éramos chicos jóvenes que teníamos sueños por cumplir, pero si no hubiera sido por la familia, no sé si habríamos sobrevivido.

¿De qué hablaban en esos días?

Conversábamos muy poco en la montaña. Había mucho silencio. Planteábamos ideas, pero cada uno hacía sus tareas: cuidar los heridos, limpiar, mantener el avión, preparar los equipos para expedicionarios. Tratábamos de mantener la mente en blanco y no tener muchas emociones, porque te quitaban demasiada energía.

¿Cómo solucionaban las cosas diarias?

Nos co-inspirábamos en conjunto. Un equipo es una cantidad de personas pensando en un objetivo común, sin ningún otro tipo de interés que lograr ese objetivo. Varias cabezas piensan muchísimo más que una sola. Aprendimos a sacar las cosas buenas de cada uno, las buenas ideas que proponíamos y las tratamos de mejorar. Y dejamos de lado las cosas malas.

Es muy importante la creatividad. Fabricábamos cosas elementales para poder sobrevivir. Teníamos muy pocos recursos: una pelota de rugby, una radio, una navaja, cigarrillos, encendedor y los restos del avión. Y con eso fabricamos de todo: mantas para taparnos, gorros para las cabezas, guantes para las manos, bastones para caminar en la nieve, trineos, mochilas para los expedicionarios y máquinas para hacer agua. Esto se hizo gracias a que estábamos pensando juntos.

Teníamos un decálogo de funcionamiento donde el límite de uno terminaba donde empezaba el derecho del otro. Eso había que respetarlo siempre. Hubo muy pocas peleas. No había margen ni energía para eso.

¿Por qué algunos volvieron de la montaña y otros no?

Influyó el destino. Es lo que te tocó. La señora de Javier Methol estaba muy bien física y mentalmente, pero fue ella la que murió en la avalancha mientras él estaba en peores condiciones físicas. También es cierto que la gente que mentalmente se entregaba, moría. La mente es muy poderosa para lo bueno y lo malo.

Yo era muy flaco y, a veces, otros que eran robustos y muy entrenados se venían abajo. Por eso es importantísima la actitud mental. Ser positivo, no entregarse nunca, saber que se puede. Los imposibles son esquemas mentales que armamos, pero que te limitan. Es lindo saber que tienes proyectos, dejar huellas y ayudar a los demás. Saber que mañana te mueres y no tienes pendientes e hiciste una vida digna, de entrega, de lucha y de mucho esfuerzo. A mí todo me ha costado una barbaridad.

Aprender de la experiencia

A lo largo de estos años y, luego de cientos de charlas motivacionales en las que explica el valor de la vida humana, Moncho Sabella insiste en que las habilidades que aprendieron en la montaña debiéramos aplicarlas en todo lo que uno hace en la vida diaria. Es decir, desarrollar la creatividad, tener un objetivo, ir a la acción.

“A veces, empresas gigantescas tienen todos los recursos y no logran dar solución a simples problemas. Con creatividad y actitud pueden resolverlos. El recurso más importante de una empresa es sentarse varios en una mesa, analizar, buscar soluciones y co-inspirarse para resolver el problema. En las empresas todos deben ser líderes, desde el portero, pasando por las distintas posiciones. Hacer su trabajo con mucho cariño y pasión. Cuando se sienta un grupo para solucionar un problema, éste debe ser el único interés. Hay que dejar fuera cualquier interés personal e intenciones ocultas”, concluye.

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