Un filósofo de la antigua China, llamado Tschuang Tse, nos regala un maravilloso cuento sobre cómo la constante actividad evita que nos miremos y que alcancemos estados de calma: «Había una vez un hombre que, al ver su propia sombra, lo contrariaba. Era tan infeliz que decidió dejar sus pasos atrás. Se dijo: “Me alejaré de mis pasos”. De tal modo, se levantó y se fue. Pero cada vez que apoyaba un pie y daba un paso, su sombra lo seguía. Entonces se dijo: “Debo caminar más rápido”. Caminó más y más hasta caer muerto. Si simplemente hubiera caminado hacia la sombra de un árbol, él se habría desecho de su sombra».

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