¿Por qué es importante creer en las capacidades de tu hijo?

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sonríe mamá

Un día, una madre llegó a mi consulta cargada con multitud de exámenes y evaluaciones de su hijo Pedro, un niño con síndrome de Down. Los informes que mostró eran lapidarios: su hijo nunca iba a caminar,  sentarse, ser independiente, hablar, etc. Ante la perplejidad de la madre, tomé los exámenes y los puse a un lado sin leerlos. La miré a los ojos y le pregunté: ¿crees en tu hijo? Sorprendida y confundida, no me respondió, por lo que volví a preguntarle: ¿crees en las capacidades de tu hijo? Su respuesta fue muy sincera: “Nunca me lo habían preguntado”. Y se quedó pensativa.

La mayoría de las ocasiones en que realizo esta pregunta la respuesta es muy similar. Una mezcla de perplejidad, por lo inesperado; incredulidad, por el tipo de pregunta; y angustia, por las dudas que se descubren. Por ello, tranquilicé a la madre haciéndole ver que comprendía la dificultad de la respuesta.

Si me respondía desde su racionalidad, los informes eran muy claros y contundentes, pero es su hijo y tiene que creer. Y ¿qué pasaba con su corazón?, ¿también sentía lo mismo: que su hijo no podía? Le hice ver a la mamá que no se trataba de ningún juicio y que era normal una lucha entre “tengo que creer y no sé si soy capaz de creer”.

La mamá pudo decir que efectivamente no creía en las capacidades de su hijo, que lo veía tan indefenso, tan frágil y con tantas dificultades… Con esta respuesta, me podía hacer una idea clara de la manera en que esta mamá sobreprotegía a su hijo. Tal vez, pensemos, es normal en el caso de Pedro debido al alto grado de dificultades con las que nació, pero ¿qué sucede en el caso de los niños que nacen sin dificultades?

Padre bueno y padre malo

Hoy en día, los adultos nos sentimos muy buenos porque les entregamos todo a nuestros hijos, para que tengan una vida mejor que la que tuvimos nosotros. Esto supone hacer las tareas con ellos, vestirlos, evitarles las frustraciones y los problemas, etc. En cambio, cuando un adulto exige a un niño, es decir, no le evita las frustraciones, no le resuelve los problemas, le permite equivocarse, etc., es considerado duro y hasta cruel o malo.

Sin embargo, el primero sobreprotege a su hijo y su significado es que no cree en las capacidades del menor para resolver y además no le enseña, por lo que no lo está preparando para afrontar su vida. En cambio, el segundo cree y confía en las capacidades de su hijo y entiende que hay aprendizajes importantísimos para su vida. No le resuelve las cosas, sino que lo anima y lo acompaña para entregarle lo que necesite a fin de afrontar la frustración, resolver el problema, aprender de la equivocación, etc.

Preguntas cruciales

Debemos hacernos preguntas cruciales: ¿qué es lo que queremos para nuestro hijo?, ¿qué adulto queremos entregar a la sociedad?, ¿qué tengo que hacer para lograrlo? La respuesta es un camino, con muchas incertidumbres, pero nuestra convicción nos permitirá lograrlo. La confianza nos permitirá superar nuestros miedos y temores, la necesidad de controlar los resultados, el tiempo y el destino.

También hay preguntas que deberíamos respondernos diariamente: ¿qué herramienta le puedo entregar a mi hijo para que siga avanzando?, ¿cómo le doy las repeticiones necesarias sin sobre-exigirlo ni sub-exigirlo?, ¿cómo trabajo mi frustración cuando no aparecen los avances esperados? En el caso de Pedro, los avances eran lentos y se debía a que sus padres no creían en las capacidades reales de su hijo y, por tanto, no le exigían. Es decir, nuestras creencias limitan o permiten florecer nuestras capacidades y las de nuestros hijos.

Una historia sorprendente

Hay muchos casos que demuestran esta afirmación. Y me gustaría contarles una historia muy significativa:

Glenn Cunningham era un niño responsable de encender el fuego en una escuela. Una mañana encontraron la escuela en llamas y rescataron a Glenn casi agonizante y con graves quemaduras en sus piernas. Pudo sobrevivir, pero su futuro no era muy bueno: no podría caminar jamás. Sin embargo, Glenn decidió lo contrario.

Un día se arrojó al piso y se arrastró hasta una cerca en la que poder apoyarse para levantarse y desplazarse parado. Su madre le masajeaba las piernas todos los días y después Glenn volvía a repetir la misma acción. Imagínense el dolor de su madre… pero creía y confiaba en él, así que lo apoyaba. Esta rutina diaria le permitió un día caminar hasta su escuela y más tarde correr hasta su escuela.

Y de este modo, cuando Glenn llegó a la universidad, ingresó al equipo de atletismo. Un niño primero desahuciado y posteriormente inválido participó en las olimpiadas de 1932 en la prueba de 1.500 metros, obteniendo el cuarto lugar. En 1936 obtuvo medalla de plata por la misma prueba y en 1938 rompió el récord mundial de la prueba, convirtiéndose en el corredor más rápido de Estados Unidos.

Podemos cambiar la vida de nuestros hijos cuando creemos y confiamos en sus capacidades. Vale la pena recordar a Goethe: “Trata a las personas como si fueran lo que deberían ser y las ayudarás a convertirse en lo que son capaces de ser”.

 

Por: Sylvia Langford, sicóloga. Especialista en desarrollo de la voluntad. www.metodolangford.cl

 

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